martes, 18 de octubre de 2011

Manos a la obra

El inglés por fin comienza a salir más fluido de mi boca, después de dos semanas aquí, adentrándome en las entrañas de la tercera. Puede que por la práctica y también por la confianza y es que en el heterogéneo grupo que constituimos ya hay confianza de sobra, y eso se hace notar. Aunque a veces nuestros tutores lo ponen bastante a prueba a menudo. La semana pasada, con el fin de hacernos trabajar en equipo de manera sólida y para consolidarnos como pequeña comunidad con objetivos comunes nos propusieron un reto: la Spider Web o Tela de Araña. Atravesando una pequeña sala colocaron cuerdas atadas las unas a las otras de tal manera que formaban una red con agujeros, unos más grandes, otros más pequeños, desde el suelo hasta el techo. El reto: que cada uno pasásemos por un agujero, sin repetir agujeros, estando los huecos contados, y sin tocar ninguna de las cuerdas. En el momento en el que se tocasen las cuerdas, el que pasa o el que ayuda a pasar, el que está pasando tiene que repetir la operación. Los repartimos el trabajo, los más altos ibamos a levantar a la gente por los aires para que pudieran pasar por los huecos cercanos al techo, teniendo dos personas altas a cada lado, para lo que tuvieron que pasar primero por agujeros grandes dos personas fuertes y altas. Después de sudor, frustración y muchas risas lo conseguimos, en dos horas. Y con el gusto de saber que fuimos el curso que más rápido lo había logrado. Y todo gracias a una eficiente organización, flujo de ideas y paciencia por parte de la gente que no podía hacer nada para ayudar. Lección aprendida.

Empecé hablando sobre que mi inglés es cada vez más fluido y me pregunto a veces para qué, ya que es impresionante la cantidad de gente que habla español en el curso. Gente de Hungría, de Francia, de EEUU, de Bélgica, de Grecia... Todos capaces de entenderte perfectamente. Y me asombra sobre todo la gente de Bélgica y de Holanda, que hablan tantos y tantos idiomas con semejante facilidad y te hace pensar que algo estamos haciendo mal en España.

Esta semana que ha empezado, porque aquí la empiezan los domingos, estamos haciendo cosas bastante interesantes. Hemos dejado la Economía de las Ecoaldeas atrás y nos hemos metido en los sistemas Ecológicos que las hacen sostenibles. Y nuestro primer ejercicio fue hacer una casa. Pequeña, por supuesto, de medio metro de alto y un metro de diámetro, pero una casa al fin y al cabo. El material es lo que viene a ser arcilla, arena, grava y paja. Todo natural, barato y fácil de implementar, y es que hay una sorprendente cantidad de casa hechas de esta forma. Sin necesidad de maquinaria, resisitentes durante muchos años si se hace a conciencia y si se tratan con cuidado.

Otro de nuestros proyectos, que hicimos el lunes, fue una Living Machine: un sistema de reciclado de aguas contaminadas. Y aquí sí que me lo pasé a lo grande. Cada grupo debía tener al menos una persona mañosa con sistemas electrónicos y por supuesto me ofrecí como tal, y junto con un graciosísimo compañero griego nos pusimos manos a la obra para montar un sistema de bombeado de agua alimentado por un panel solar y una batería recargable. Todo ello en un tanque de agua, y sumándole plantas y un poco de arena, ya tienes una máquina de reciclado de agua. Sólo tienes que esperar a que las bacterias adecuadas proliferen. Me gustó tanto ponerme manos a la obra con esto que después de ser el primer equipo en terminarlo todo me puse a ayudar al resto que tenía problemas con los cableados.

Ayer estuvimos en un concierto de unos violinistas que se llaman Fiddlers Bin que se celebró en el Universal Hall y la verdad es que se agradece que haya tantas actividades por las noches y tan variadas. La gente aquí sabe como divertirse, sin duda. De hecho, si os acordáis, comenté que un chico había actuado en el Open Mike de hace dos semanas y que me conmocionó. Pues resulta que el chico es de Murcia, un tío simpatiquísimo y que está aquí de paso para volver a Edimburgo a seguir estudiando música, aunque estuvo viviendo aquí año y medio y recomienda la experiencia de probar una larga temporada.

El tiempo (cronológico) parace caprichoso en Findhorn, algunos días pasan volando y otros sin embargo se alargan para permitir al paladar poder saborearlos a gusto. Tengo ganas de seguir aprendiendo cosas y sobre todo de hacer cosas con las manos.

Un abrazo a todos.

lunes, 10 de octubre de 2011

La Semana Social

Ha pasado ya una semana que me hace sentir que ha sido un mes entero. Si tuviera que resumir, que es el caso, diría que mucha información puede provocar un efecto de distensión temporal, en el que una bocanada de aire parece un día entero.

Los primeros días han sido un torbellino de presentaciones, actividades, y conversaciones tentativas para ir conociéndonos, con mucho tacto, los integrantes del curso. El curso en sí, la primera semana, trata sobre la dimensión social de iniciar un proyecto sostenible, como una ecoaldea o una aldea de transición (Transition Town). Todo suculentamente presentado para que no nos estalle la cabeza con tantas cosas que debemos aprender.

El domingo 2, según salíamos de una de las reuniones vimos una de las primeras señales de que nos encontramos en los albores del mundo. El cielo nocturno tal y como se nos presentó nos dejo a casi todos los presentes sin palabras. Oímos hablar sobre la Vía Láctea y no sabemos lo que es hasta que no nos vamos al confín de la tierra, donde no hay ciudades grandes proyectando su polución luminosa al firmamento. La verdad es que podría intentar describir el cielo tal y como lo vimos esa noche, pero todo intento sería inútil. Me di cuenta que cuando estuvimos en verano nunca tuvimos la oportunidad de ver una noche así porque básicamente no vimos la noche, había claridad incluso a las dos de la madrugada. Y para rematarlo, nos han dicho que unas dos veces al año se puede ver la aurora boreal, si hay suerte y no está nublado. De hecho, en estos momentos en los que escribo, la luna ilumina la aldea con tal intensidad que proyecta sombras, con luz pálida y plateada.

El día siguiente estuvimos estudiando un tema que me pareció particularmente interesante: aumentar la consciencia de la gente sobre lo que está ocurriendo en el mundo. Nunca he sido una persona con mucho don de gentes y nunca será mi punto fuerte, pero está bien que te enseñen algunos trucos para mejorar algo que de verdad te preocupa. Las sesiones fueron estupendas, pero mi timidez, combinada con que soy, prácticamente, el que peor inglés habla del curso, me dejaron una agridulce sabor de boca.

Hasta el día siguiente, 4 de Octubre, estaba muy preocupado por cumplir con todo: el trabajo, el curso, Rosalía y otras cosas que había dejado pendientes, pero la verdad es que esa noche, después de un día especialmente agotador lleno de contenido, no tenía fuerzas para enfrentarme a la pantalla del ordenador. Rosalía se fue pronto a la cama, como era previsible por lo extenuante de la jornada, pero yo decidí quedarme en la sala común del bungalow e ir conociendo un poco más a algunas de las personas con las que vamos a pasar un mes entero. Y después no me arrepentiría de que ocurriese. Se habían agenciado de una guitarra y tuvimos una excelente sesión musical que, al menos para mí, terminó conmigo tocando Stairway to Heaven mientras dos compañeros la cantaban entusiasmadísimos.

Las clases continuaron llenas de tanto contenido que sólo de pensar en enumerarlo me da pavor, pero de nuevo me ciño a lo extraoficial ya que define mejor el pulso de lo que sucede por aquí, al menos para un espectador ajeno. Los miércoles hay Open Mike, o lo que viene siendo, el que quiera hacer una actuación (cantar, recitar...) que lo haga. Y la verdad es que después de dar un paseo por la noche para encontrar algo de paz después de lo ajetreado del día, me pasé a ver que se cocía por allí. Tras cantar dos amigas mías, una de ellas también tocó el violín, actuó un chico con un par de canciones que la verdad me dejaron conmocionado y me volví a casa con una sonrisa de oreja a oreja, con la música aún en la cabeza, llena de notas, arpegios y la voz clara y sentida del joven habitante de Findhorn.

A la mañana siguiente, mientras participábamos en algunas actividades al aire libre, Escocia mostró su verdadera faz invernal y nos deleito con un clima frío y húmedo que, desde mi punto de vista, nos hacía falta, ya que estaba echando de menos algo de frío por aquí.

En las clases nos hemos unido, Rosalía y yo, al proyecto de un simpático inglés en Dinamarca, que desea convertir un edificio en un ecosistema de sostenibilidad y ejemplo de comunidad para el resto de lo habitantes de Copenhage. Por la noche, después de una cena especial de Viernes, en la que pudimos disfrutar de vino y tarta, nos unimos a una fiesta en el Universal Hall donde nos dejamos llevar por los ritmos más tribales durante lo que pareció una eternidad, junto al resto de los habitantes de esta original aldea.

Los días del fin de semana han pasado rápidamente, intentando recuperar fuerzas, pero a la vez aprovechar el tiempo, buscando encontrar un equilibrio en el torbellino de sucesos y experiencias. Los paseos por aquí ayudan bastante en dicha labor, dado que la quietud y la naturaleza se cuela por los ojos, los oídos, el olfato y la suela de los zapatos, diluyéndose en tu propia sangre y sintonizando tu pulso de tal manera que los problemas se diluyen y la mente se descontamina. Pero al rato siguiente tienes que volver a salvar el mundo, y es un trabajo de niñera de 25 horas al día.

Mañana, si tengo tiempo, subiré algunas fotos.

sábado, 1 de octubre de 2011

Preludio

Antes de empezar un viaje siempre te preguntas qué sucederá, a quién conocerás, qué recuerdos atesorarás... Y realmente es lo importante de los viajes: las sorpresas. Pues así estaba yo hace un par de días mientras montaba de nuevo la maleta, utilizando lo mejor de la ingeniería de Ikea para que la que iba a facturar no pesase más de 15 kilos y la que iba a llevar de mano 10 kilos. Y mientras me comenzaba a arrepentir de comprar billetes para una compañía low-cost con semejantes restricciones sobre el peso del equipaje me preguntaba qué me espera, y qué me traeré a casa después de casi cuatro meses fuera, y no me refiero a cosas que puedas meter en mis perfectamente organizadas maletas, me refiero a las cosas importantes. Las respuestas y sorpresas irán llegando.

El viaje en avión tuvo pocas peculiaridades, a parte de la visión de un banco de niebla encerrado en un pequeño valle de lo que supongo que era Castilla León, en medio de un día soleado y despejado, un cambio de euros a libras particularmente perjudicial para mi economía y los primeros compases de mi práctica del inglés contra el fuerte acento británico al que no estoy acostumbrado (malditas series estadounidenses).

El viaje en taxi desde el casi familiar aeropuerto de Inverness hasta el pueblo de Forres fue un viaje lleno de recuerdos sobre la luna de miel y la llegada al mismo y adorable Bed & Breakfast en el que estuvimos la vez anterior terminó de llenarme de sensaciones familiares, como si no nos hubiésemos ido. Lo mejor de ese día tan cansado fue, sin lugar a dudas, reencontrarme con Rosalía tras una semana, pero obviando eso, una tarta de queso que parecía más bien una obra de arte. Una torre construida por discos de queso, de unos quince centímetros de altura, con cimientos de galleta y chorreando mermelada de fresa, dulce y con un toque de acidez que era contrarrestado por la frescura de la crema de queso. Y todo ello acompañado por un bol de fresas y una bola de helado del mismo sabor.


El día de ayer estuvimos paseando agradablemente por Forres, una villa que rezuma comunidad, armonía y tradición por los cuatro puntos cardinales, visitando alguna tienda, una pequeña iglesia de la vertiene Escocesa del protestantismo y una extraña piedra tallada por los Pictos cuyo nombre me resulta extrañamente evocador: Sueno's Stone.

Tras celebrar el cumpleaños de Rosalía cenando en el restaurante de un hotel, Ramnee Hotel, donde tienen una cocina increíblemente suculenta, sobre todo por las salsas, y una sidra digna de ser probada, nos acostamos sabiendo que iba a ser, el día de hoy, un día largo y agotador.

Y lo ha sido, pero no tanto. El Full Scotish Breakfast ayudó a cargarnos de fuerzas, pero no lo suficiente para que nos acordásemos devolverle las llaves de la habitación al dueño del hostal, por lo que tuvo que venir a buscarnos a Findhorn a por las susodichas. Pero antes de la sorpresa de ver que nos habíamos llevado las llaves del pobre Kenneth tuvimos otra sorpresa, ésta bastante agradable, llamada Valerie. Una compañera de la semana que pasamos aquí ha pasado estos meses en Findhorn y asiste a nuestro mismo programa, así que ya conocemos a alguien. Una simpatiquísima chica de los EEUU que chapurrea algo de español y le gusta madrugar para salir a hacer ejercicio bajo la lluvia.

El resto del día han sido presentaciones, entre los 43 asistentes al curso, los 5 profesores y las 2 organizadoras, y después una introducción al curso al que asistimos. El temario es francamente prometedor, pero los que no tenemos ya un proyecto sobre sostenibilidad, como un Transition Town o una Ecoaldea, en curso, somos los menos, y te hace sentir un poco ignorante. De hecho fue una de las cualidades que comenté que podía aportar al grupo: el punto de vista de la ignorancia.

Cerraré diciendo que Findhorn nos ha recibido con el típico clima escocés: la llovizna, y que tenemos una compañera de curso que es de Madrid, de Vallecas. Y compartiendo con vosotros la sensación de que realmente no me he ido en ningún momento de aquí y de que éste es un sitio increíble.

Un abrazo a todos.