lunes, 10 de octubre de 2011

La Semana Social

Ha pasado ya una semana que me hace sentir que ha sido un mes entero. Si tuviera que resumir, que es el caso, diría que mucha información puede provocar un efecto de distensión temporal, en el que una bocanada de aire parece un día entero.

Los primeros días han sido un torbellino de presentaciones, actividades, y conversaciones tentativas para ir conociéndonos, con mucho tacto, los integrantes del curso. El curso en sí, la primera semana, trata sobre la dimensión social de iniciar un proyecto sostenible, como una ecoaldea o una aldea de transición (Transition Town). Todo suculentamente presentado para que no nos estalle la cabeza con tantas cosas que debemos aprender.

El domingo 2, según salíamos de una de las reuniones vimos una de las primeras señales de que nos encontramos en los albores del mundo. El cielo nocturno tal y como se nos presentó nos dejo a casi todos los presentes sin palabras. Oímos hablar sobre la Vía Láctea y no sabemos lo que es hasta que no nos vamos al confín de la tierra, donde no hay ciudades grandes proyectando su polución luminosa al firmamento. La verdad es que podría intentar describir el cielo tal y como lo vimos esa noche, pero todo intento sería inútil. Me di cuenta que cuando estuvimos en verano nunca tuvimos la oportunidad de ver una noche así porque básicamente no vimos la noche, había claridad incluso a las dos de la madrugada. Y para rematarlo, nos han dicho que unas dos veces al año se puede ver la aurora boreal, si hay suerte y no está nublado. De hecho, en estos momentos en los que escribo, la luna ilumina la aldea con tal intensidad que proyecta sombras, con luz pálida y plateada.

El día siguiente estuvimos estudiando un tema que me pareció particularmente interesante: aumentar la consciencia de la gente sobre lo que está ocurriendo en el mundo. Nunca he sido una persona con mucho don de gentes y nunca será mi punto fuerte, pero está bien que te enseñen algunos trucos para mejorar algo que de verdad te preocupa. Las sesiones fueron estupendas, pero mi timidez, combinada con que soy, prácticamente, el que peor inglés habla del curso, me dejaron una agridulce sabor de boca.

Hasta el día siguiente, 4 de Octubre, estaba muy preocupado por cumplir con todo: el trabajo, el curso, Rosalía y otras cosas que había dejado pendientes, pero la verdad es que esa noche, después de un día especialmente agotador lleno de contenido, no tenía fuerzas para enfrentarme a la pantalla del ordenador. Rosalía se fue pronto a la cama, como era previsible por lo extenuante de la jornada, pero yo decidí quedarme en la sala común del bungalow e ir conociendo un poco más a algunas de las personas con las que vamos a pasar un mes entero. Y después no me arrepentiría de que ocurriese. Se habían agenciado de una guitarra y tuvimos una excelente sesión musical que, al menos para mí, terminó conmigo tocando Stairway to Heaven mientras dos compañeros la cantaban entusiasmadísimos.

Las clases continuaron llenas de tanto contenido que sólo de pensar en enumerarlo me da pavor, pero de nuevo me ciño a lo extraoficial ya que define mejor el pulso de lo que sucede por aquí, al menos para un espectador ajeno. Los miércoles hay Open Mike, o lo que viene siendo, el que quiera hacer una actuación (cantar, recitar...) que lo haga. Y la verdad es que después de dar un paseo por la noche para encontrar algo de paz después de lo ajetreado del día, me pasé a ver que se cocía por allí. Tras cantar dos amigas mías, una de ellas también tocó el violín, actuó un chico con un par de canciones que la verdad me dejaron conmocionado y me volví a casa con una sonrisa de oreja a oreja, con la música aún en la cabeza, llena de notas, arpegios y la voz clara y sentida del joven habitante de Findhorn.

A la mañana siguiente, mientras participábamos en algunas actividades al aire libre, Escocia mostró su verdadera faz invernal y nos deleito con un clima frío y húmedo que, desde mi punto de vista, nos hacía falta, ya que estaba echando de menos algo de frío por aquí.

En las clases nos hemos unido, Rosalía y yo, al proyecto de un simpático inglés en Dinamarca, que desea convertir un edificio en un ecosistema de sostenibilidad y ejemplo de comunidad para el resto de lo habitantes de Copenhage. Por la noche, después de una cena especial de Viernes, en la que pudimos disfrutar de vino y tarta, nos unimos a una fiesta en el Universal Hall donde nos dejamos llevar por los ritmos más tribales durante lo que pareció una eternidad, junto al resto de los habitantes de esta original aldea.

Los días del fin de semana han pasado rápidamente, intentando recuperar fuerzas, pero a la vez aprovechar el tiempo, buscando encontrar un equilibrio en el torbellino de sucesos y experiencias. Los paseos por aquí ayudan bastante en dicha labor, dado que la quietud y la naturaleza se cuela por los ojos, los oídos, el olfato y la suela de los zapatos, diluyéndose en tu propia sangre y sintonizando tu pulso de tal manera que los problemas se diluyen y la mente se descontamina. Pero al rato siguiente tienes que volver a salvar el mundo, y es un trabajo de niñera de 25 horas al día.

Mañana, si tengo tiempo, subiré algunas fotos.

3 comentarios:

Doña Ana dijo...

OH!! que delícia suena lo de estar rodeado de naturaleza en su mas puro sentido. Me hablas de la luna así y no soy capaz de imaginarla. Siento profundamente que debo ir allí a ayudarte con lo del inglés y la música....creo que al final optaré por hacerlo....espero ansiosa tu próxima entrega. Un beso

AlberTaker dijo...

La verdad es que tus narraciones hacen que imaginar que estás ahí sea fácil :), viendo las estrellas, escuchando la música... y sintiendo el cansancio de todo lo que ocurre en el día :P

Uma dijo...

Maravilloso relato el que haces es de vuestra "vida cotidiana" que de ésto no tiene nada, por supuesto, si pudiera volar como Campanilla, me presentaría con vosotros en una chascar de dedos, pero como no puedo, ni lo voy a intentar siquiera, gracias por contarnos todas vuestras vivencias y si puedes pon fotitos porfa.

Besos muchos.